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  • Ya en el siglo xx

    2019-06-11

    Ya en el siglo xx, la Historia verdadera (y las crónicas de Indias en general) ha sido recuperada como origen de la literatura latinoamericana contemporánea, en especial por escritores vinculados sodium channel blockers la literatura del boom: Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes. De hecho, Fuentes declara a Bernal Díaz “nuestro primer novelista”, constructor de una “épica vacilante” entre la historia y la ficción; entre los poetas americanos Pablo Neruda llega a caracterizar la Historia verdadera como “una larga novela del mejicano Bernal Díaz del Castillo”, tal como indica Verónica Cortínez. En cuanto a la crítica, en 1948, por ejemplo, Alfonso Reyes aludió al valor literario de estas crónicas; décadas más tarde, Enrique Pupo-Walker y Roberto González Echevarría establecen las líneas de continuidad entre las crónicas de Indias y la literatura latinoamericana del siglo xx, desde los Comentarios Reales del Inca Garcilaso de la Vega, los Diarios de Colón o los Naufragios de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, hasta Los pasos perdidos de Carpentier, Cien años de soledad de García Márquez o El naranjo de Fuentes, entre muchos otros. Si las crónicas de Indias, en su vacilante articulación de lo histórico y lo literario (vacilación propia de la época, que no era concebida en términos de confusión sino como posibilidad de una escritura, por demás altamente reglada por concepciones doctas) habilitan esta línea de continuidad, las adjetivaciones acerca de la naturaleza de estas novelas in nuce no se hicieron esperar. En este sentido, la Historia verdadera, esa crónica extraña por su ambivalencia genérica, por su pretensión memorialista totalizante, por su constante apelación a las tradiciones literarias (fábulas y novelas de caballerías, por ejemplo) e históricas (las historias clásicas de Salustio o Paulo Iovio), conduce entonces a retomar nuestra pregunta inicial, ¿de qué hablamos, o mejor, de qué queremos hablar cuando hablamos de realismo en la Historia verdadera y, por extensión, en las crónicas de Indias de los siglos xvi y xvii? Una solución teórico-metodológica sería adscribir a las concepciones de cierto “realismo de larga duración”, o a las propuestas por Erich Auerbach respecto de las posibilidades de leer la literatura occidental en función de este modo específico de la representación. Tentadora y pertinente en términos diacrónicos y contextuales, sin embargo tal perspectiva ha sido usada de manera inadecuada para pensar estas crónicas, cuya génesis radica en cierta confusión entre realismo y reflexión acerca de la representación de lo real, problema habitual respecto a la caracterización de la literatura realista, tanto histórica como contemporánea, más recurrente y más confuso aún en la Historia verdadera, que afirma paso a paso estar representando lo real tal como fue experimentado, y que ancla en esa experiencia (y en esa rememoración de la experiencia) su valor de verdad. Sin embargo, al intentar profundizar en estas afirmaciones, se llega a la conclusión de que se ha caracterizado la Historia verdadera como “realista” leyendo de manera literal las afirmaciones de su autor y confundiendo lo real con lo verdadero y ambos con la narración de lo acaecido. Pongamos un ejemplo: La jugosa cita, que pertenece al prólogo del primer manuscrito, pone en escena los supuestos y las certezas de los que parte el autor (como se denomina a sí mismo Bernal Díaz) que constituyen la base y el sostén de la Historia verdadera. Los tópicos son varios: la relación entre experiencia, escritura y verdad; la polémica entre el saber letrado del historiador docto y el testimonio de los protagonistas; el valor de verdad y la legitimidad del discurso histórico según sea producido por unos u otros: temas que están en discusión en ese momento y en los que la Historia verdadera toma clara posición. Lo que permea este prólogo, como certeza y como existencia cierta (aunque pasada) es lo real entendido en su carácter exterior y preexistente al texto, como parte de una experiencia que se vive primero y se traduce e inscribe, en la memoria y en la escritura, luego. Es lo real concebido como verdadero lo que habilita y justifica la escritura.